
Estos días en los que parece que
la enfermedad gana terreno a la humanidad, podemos llegar a sentirnos bajos de
moral, faltos de energía. Pensamos en cosas que en otros momentos ni si quiera
atenderíamos. Nosotros los
cristianos, para
estas situaciones, disponemos
de unos recursos que nos ayudan a
poner luz frente a nuestros
pasos. Tenemos la suerte de conocer la vida de Cristo. En los relatos de los Evangelios hayamos en Jesús un
ejemplo de fuerza constante, un ejemplo de búsqueda y encuentro del sentido de
la vida, una esperanza que se ofrece y que va más allá de la muerte.
Escuchaba esta semana que en muchas comunidades de vecinos se habían
pegado carteles a su entrada. En estos carteles, los miembros más jóvenes, se presentaban
voluntarios para ayudar a todos aquellos que necesitasen algo (comprar comida,
comprar medicamentos o simplemente hablar un rato). Este ejemplo de
solidaridad, de misericordia, creo que es magnífico y esperanzador. La persona
que se enfrenta a las mayores adversidades y en ese momento se detiene, mira a
su alrededor y da la mano a los que sufren quizás no es del todo consciente,
pero está encendiendo una vela en la oscuridad. Estos actos no dejan de ser
actos de valentía y de arrojo, una enseñanza que nos recuerda el verdadero
sentido de este viaje.
“Dos ciegos
que estaban sentados junto al camino, al oír que pasaba Jesús, gritaron:
—¡Señor, Hijo
de David, ten compasión de nosotros!
—¡Señor, Hijo
de David, ten compasión de nosotros!
—¿Qué quieren
que haga por ustedes?"
Mateo 20:30-34 (NVI)
Un abrazo, amigos del camino.
José A. Flores (Huesca)